Manantiales en el Desierto por Mrs Cowman

Noviembre 14

«Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, el solo queda; mas si muriere, mucho fruto lleva.»

(Juan 12 :24.)

Ve al cementerio antiguo de Northampton, Massachusetts en los Estados Unidos, y mira en la tumba del joven David Brainerd que se encuentra junto a la de la bella Jerusha Edwards, a quien él amó y con quién no se pudo casar a causa de su muerte. Cuántas esperanzas y expectativas para la causa de Cristo fueron a la sepultura con la pérdida del cuerpo de aquel joven misionero, de quien ahora no queda otra cosa sino su querido recuerdo y unos centenares de indios convertidos.

Pero aquel majestuoso anciano y santo puritano, Jonathan Edwards, que esperaba poderlo llamar hijo, escribió en un libro pequeño  los recuerdos de su vida, y dicho librito, tomó vuelos, atravesó los mares y fué a parar a la mesa de un estudiante de Cambridge, Inglaterra, llamado Enrique Martyn.

 Pobre Martyn!  Porqué tenía él que desecharse con toda su erudición, su genio y sus oportunidades! ¿Qué es lo que él efectuó cuando volvió gravemente enfermo de India a su casa, y marchó sin poder a aquel lugar lejano y funesto de Tocat, junto al Mar Negro donde se agachaba bajo las redes amontonadas para refrescar su fiebre abrasadora contra la tierra, y donde murió aislado? ¿Con qué objeto se perdieron estos hombres?

De la sepultura del joven Brainerd, y de la sepultura lejana y solitaria de Martyn, que se encuentra junto a la playa de Euxine, se ha levantado el ejército sublime de los misioneros modernos. -Leonard Woolsey Bacon