Ezekiel37
Los cristianos hemos construido una subcultura cristiana en la que producimos nuestra propia música, nuestras radios evangélicas; nuestro propio lenguaje y hasta nuestra moda. La mayoría preferimos relacionarnos con personas dentro de esta subcultura. Sin embargo, no se puede decir que amamos a la gente, si pretendemos acercarnos a ellos “de noche”, como Nicodemo con el Señor. La verdadera iglesia nos llama a elegir agruparnos con un conjunto de extraños, a llevar luz donde hay oscuridad. Recordemos que no podemos salvar a una persona que se está ahogando, a menos que saltemos al agua con ella. ¡Ese es el enorme poder evangelizador del amor!
Los cristianos tenemos un mensaje de gracia que cambia y salva vidas; sin embargo, algunos vivimos tratando de evitar cualquier contacto con los pecadores. Y no podemos llevar a la gente a Jesús si no compartimos la vida con ellos. Tenemos que ser ovejas que danzan en medio de lobos, sabiendo que no hay una fuerza más motivadora que la del amor; por eso debemos actuar con gracia y compasión hacia los demás. La compasión verdadera siempre exige acción. Si no amas, siempre dirás: “Heme aquí, envíalo a él”; pero cuando nuestro corazón está lleno de gracia, lo que quebranta el corazón de Jesús, quebranta el nuestro. ¡Un mensaje retador!
Dios no existe para darnos importancia a nosotros; somos nosotros quienes existimos para darle importancia a Él. Nuestro llamado ha sido siempre el hacer brillar Su luz delante del mundo, para que todos puedan ver Su obra, lo adoren y lo alaben. Recordemos que somos embajadores en nombre de Cristo y representamos al Rey. Así como entendimos gracias a Copérnico que la tierra no es el centro del universo, debemos entender que nosotros no somos el centro de la existencia. La vida no se trata de nuestro confort, nuestro servicio, nuestra salvación, ni nuestro éxito. Se trata de reflejar al Señor, ¡porque Él es el centro de todo! Un mensaje retador.
Tal vez tu pasado sea turbulento, es posible que tu linaje esté marcado por la inmoralidad; puede que no vendas tu cuerpo como hacía Rahab, pero quizás has vendido tu lealtad, tu afecto, tu ministerio, tu atención o tus talentos. Todos en algún momento hemos sentido que hemos pecado demasiado, hemos fracasado demasiado, o hemos tropezado con demasiada frecuencia. Pero recuerda que Dios tiene un lugar para los quebrantados, que la Tierra Prometida no es sólo para unos pocos; y que el cielo está repleto de hombres y mujeres que, como Rahab, fueron rescatados por el Padre para formar parte de Su eterna orquesta sinfónica. ¡Un mensaje para atesorar!
Molestarse es parte de la vida, pero esto no tiene por qué mermarla ni convertirnos en personas irascibles y enfadadas con el mundo a nuestro alrededor. Las personas pacientes, en lugar de reaccionar, toleran. La Biblia habla de eso: tolerar, aguantar y ser pacientes unos con otros. Todos somos parte de una colección de troncos torcidos en la que, aunque intentamos mantener la cabeza alta, ninguno lo logra. Y está bien, porque hay belleza en nuestros dobleces. Debemos entonces aprender a amar sin condiciones, aceptando las vueltas y nudos de la hermandad del tronco torcido. Pero hay un secreto: si no te sientes amado, no puedes amar. El amor por los demás no comienza dando amor, sino recibiendo el amor de Dios. La fuente no está dentro de ti. Deja entrar el amor del Señor a tu corazón y sólo entonces podrás ser capaz de amar.
¿Tienes algún problema digno de tu vida? ¿Qué cosa te parte el corazón? ¿Qué injusticia te quita el sueño o te abruma? Eso que nos enoja, no es una debilidad, es un don; porque revela nuestra asignación, nuestro verdadero propósito. El mundo está que arde. Las murallas están derribadas. Las familias desintegradas. Los valores casi no existen. Los cristianos hoy estamos rodeados… pero tenemos la gloriosa oportunidad histórica, que no se le dio a ninguna otra generación: ¡Podemos atacar en cualquier dirección! Un mensaje de llamado a la acción.
En la vida hay maletas que cargamos innecesariamente: maletas de culpa, ansiedad, dudas y preocupación, que nos provocan cansancio, heridas en el corazón, desilusión y amargura. En consecuencia, vivimos con una constante sensación de ansiedad, miedo, presentimiento, y en lugar de arrojar la red, arrojamos piedras; en lugar de extender manos de ayuda, alzamos dedos acusadores; en lugar de ayudar a los que sufren, hacemos sufrir a los que ayudan. Por eso es importante dejar que el Señor, como pastor que lleva a sus ovejas al manantial, nos lleve a tierras de reposo para hundirnos en el pasto, olvidarnos de las moscas y beber mucha agua que alimente nuestro espíritu. ¡Incluso cuando nos toque ir a casa!
Encerar mano derecha; pulir mano izquierda”… Gran parte del ministerio e incluso de la vida, consiste en trabajar duro, en esfuerzo hecho a base de sudor y mano al arado. Sin embargo, con frecuencia no comprendemos por qué Dios nos pone en una temporada a encerar autos, lijar suelos y pintar cercas. Sólo más tarde, cuando estas habilidades se hacen necesarias en una crisis, entendemos las razones; entendemos que las temporadas de obediencia fiel, nos preparan para resistir durante la maratón. Recuerda: el Señor moldeará nuestro carácter hasta que el engarce sea fuerte y sólido, para luego confiarnos Sus mejores gemas.
Dios no existe para darnos importancia a nosotros; somos nosotros quienes existimos para darle importancia a Él. Nuestro llamado ha sido siempre el hacer brillar Su luz delante del mundo, para que todos puedan ver Su obra, lo adoren y lo alaben. Recordemos que somos embajadores en nombre de Cristo y representamos al Rey. Así como entendimos gracias a Copérnico que la tierra no es el centro del universo, debemos entender que nosotros no somos el centro de la existencia. La vida no se trata de nuestro confort, nuestro servicio, nuestra salvación, ni nuestro éxito. Se trata de reflejar al Señor, ¡porque Él es el centro de todo! Un mensaje retador.
Es más fácil hablar de una persona, que ayudarla; discutir sobre la homosexualidad, que ser amigo de un homosexual; criticar el divorcio, que ayudar a los divorciados; discutir sobre el aborto, que apoyar un orfanato y lamentarse sobre el Gobierno, que ayudar a los pobres. Sin embargo, Jesús en lugar de ver las diferencias como una oportunidad para debatir, las vio como una oportunidad para acercar a las personas al Señor. Recordemos que Dios tiene un sólo rebaño, las divisiones las creamos nosotros. La cooperación es más que una buena idea del Creador, es una orden. Aprendamos a vivir «Solícitos en guardar la unidad del Espíritu, en el vínculo de la paz».
Si no estás donde quieres estar, ¿por qué sigues decidiendo quedarte ahí? Muchas veces queremos que Dios cree algo nuevo para nosotros, pero nos negamos a permitirle que nos arrebate todo lo viejo. Y si no somos cuidadosos con nuestras decisiones, nuestro futuro será simplemente una extensión de nuestro pasado; regresaremos a la esclavitud una y otra vez, como le sucedió a Israel al salir de Egipto. Pero tu situación es irreversible. Tu vida puede ser mayor de lo que es, si prendes fuego a tu pasado, si quemas tus naves como Cortés hizo al llegar a las costas del nuevo mundo. Al quemar las naves, podrás hacer lugar en tu vida, para el futuro que el Señor quiere regalarte.
Es doloroso que haya tantas iglesias que se han casado con una cultura diseñada por cristianos para cristianos; cultura muy diferente a la misión fundamental original de la iglesia de llevar el mensaje de Jesús a todo el mundo. Si hoy nos estamos reuniendo en los templos sólo para celebrar cultos y no marcamos una diferencia en nuestra sociedad, entonces nos habremos convertido en ‘el evangélico de al lado’ para los demás. Recordemos que nosotros somos la parte visible de Dios; nuestras acciones cuentan. Por eso, nunca dejemos de centrar nuestra mirada en Jesús, ni de pedirle al Señor que nos limpie del veneno de las rivalidades y las críticas y que llene nuestra vida y nuestros corazones de Su infinita gracia.
El llamado no es un montón de actividades de iglesia, un movimiento internacional, un gran ministerio elaborado, seguidores en las redes o una plataforma gigante. El llamado es pequeño, invisible, humilde, semillas diminutas, perlas escondidas: ama a Dios, ama a las personas, cría a tus hijos, trata a las personas como te gustaría que te trataran a ti. El evangelio se demuestra perfectamente por medio de las labores cotidianas y sencillas. ¡Encuentra a tu pequeña tribu de fe y aprende a amarla.!
Muchos llevamos sobre nosotros el peso y la presión de secretos y traumas profundos, y con el tiempo desarrollamos un repertorio personal de mecanismos de protección contra lo que nos hiere. Algunos nos refugiamos en la comida, otros en la bebida y otros más nos tornamos irascibles contra todo y contra todos. Y aunque el trauma no es igual para todos, la sanidad siempre comienza con la valiente decisión de confesar el dolor y con lidiar con fe no sólo con el problema visible, sino con la raíz del problema, con lo que realmente hay ‘bajo la rosa’. Recuerda que Dios toma a quienes están hechos trizas y heridos y los rehabilita para que puedan ser médicos de sanidad.
Jesús alguna vez dijo: “Por cuanto lo hiciste por mis pequeñitos, lo hiciste por mi”. Si somos seguidores de Cristo y Él está en nosotros, no podemos sólo congregarnos los Domingos a adorarlo y no hacer nada ante el dolor del mundo, porque el corazón del Señor está en nosotros y palpita a favor de los que sufren, de las víctimas y de los pobres. Si amamos a Dios con todo el corazón vamos a reaccionar con empatía, compasión y amor ante el sufrimiento de los demás. Ponle el rostro de Jesús al dolor, a la necesidad, al enemigo, al pecador, a las fría estadística de víctimas de guerras y hambrunas, y entonces cuando veas el rostro del Señor en tu prójimo, tu prójimo se transformará en tu hermano.