Manantiales en el Desierto por Mrs Cowman

Junio 24

«Acerca de la obra de mis manos, mandadme.» (Isaias 45:11.)

Nuestro  Señor habló en este sentido cuando dijo: «Padre: quiero.»

Josué obedeció este mandamiento, cuando en el momento supremo de triunfo, levantó su lanza hacia el sol que estaba poniéndose y gritó: «Sol, deténte.»

Elías también obedeció, cuando cerró los cielos durante tres años y seis meses y después volvió a abrirlos.

Lutero obedeció igualmente, cuando arrodillándose al lado del moribundo Melanchton, impidió a la muerte que cogiese su presa. Es una relación maravillosa, en la cual Dios nos invita a que entremos. Estamos familiarizados con aquellas palabras del siguiente párrafo: «Con mis manos, he extendido los cielos, y he mandado en todos sus ejércitos.» Pero que Dios nos haya mandado que mandemos a El, es un cambio en nuestra relación, absolutamente sorprendente. 

Qué diferencia tan grande existe entre esta actitud, y las oraciones que hacemos, dudando, vacilando, sin creer, a que nos hemos acostumbrado y las cuales por su perpétua repetición son ineficaces!

Cuántas veces durante Su vida terrenal, Jesús colocó a los hombres en una posición para que pudiesen mandarle! Al entrar en Jericó, El se paró y dijo a los pobres ciegos: «¿Qué queréis que haga por vosotros?» Es como si hubiese dicho: «Estoy a vuestras órdenes.»

¿Podremos jamás olvidar cómo entregó a la mujer Sirofenisa la llave de sus recursos, y le dijo que podía servirse como quisiese? ¿Qué mortal puede darse cuenta de la significancia plena de la posición en que nuestro Dios cariñosamente eleva a sus hijos?

Parece ser que está diciendo, «Todo cuanto poseo está a vuestra disposición.» «Todo lo que pidáis en mi nombre lo haré.»-F. B. Meyer.

«Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre: pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.» (Juan 16 :24.)