Ezekiel37
Noviembre 7
«Pero las cosas que para mí eran ganancias, hélas reputado perdidas por amor de Cristo.» (Filipenses 1:7)
Cuando enterraron al ciego predicador George Matheson, rodearon su tumba con rosas encarnadas, en memoria de su vida de amor y sacrificio. Este hombre a quien se le honró de una manera tan significante, fué el que escribió:
¡Oh! Amor que no me dejáras,
Descansa mi alma siempre en Tí;
Es Tuya y Tú la guardarás,
y en el océano de Tu amor,
Más rica al fin será; Más rica al fin será.
¡Oh! Gozo que a buscarme a mí,
Viniste con mortal dolor,
Tras la tormenta el arco ví,
y ya el mañana, yo lo sé, Sin lágrimas será; Sin lágrimas será.
¡Oh! Cruz que miro sin cesar,
Mi orgullo, gloria y vanidad
Al polvo dejo por hallar
La vida que en Su sangre dió
Jesús, mi Salvador; Jesús, mi Salvador.
Existe la leyenda de un cierto artista que descubrió el secreto de un rojo maravilloso, el cual ningún otro artista podía imitar. El secreto de su color murió con él. Pero después de su muerte, se vió que tenía una herida antigua sobre su corazón. Esto reveló que era la fuente del color incomparable de sus cuadros. La leyenda nos enseña, que no puede hacerse nada grande, ni obtenerse nada elevado, ni hacerse nada que valga la pena por el mundo, a no ser que nos cueste la sangre del corazón.